lunes, 26 de mayo de 2008

PECAR CONTIGO


Con sólo recordar ese momento mi sexo palpita deseándote.
Acababa de llegar a casa y estaba cansada, me quité toda la ropa, mi intención era sorprenderte desnuda y tapada sólo con el delantal, por eso me quité toda la ropa y me dejé solo los tacones, y entonces, me eché sobre la cama, estaba agotada y pensé que un pequeño descanso no me haría ningún mal. Cinco minutos pensé, sólo cinco minutos escuchando el silencio, pero precisamente por aquel silencio que inundaba la habitación el cansancio me venció y caí en un sueño de vigilia. Desperté cuando sentí tu cuerpo caliente y desnudo pegándose al mío.
- ¡Uhm, hola cielo! – musité al sentir el olor de tu colonia – quería darte una sorpresa.
- Y me las has dado, preciosa – dijiste acariciando la piel desnuda de mi pierna.
Sentía tu sexo pegado a mis nalgas, caliente, erecto y vibrante. Y sólo con ese contacto mi cuerpo empezó a reaccionar deseoso de sentirte. Tu mano se deslizo desde mi pierna, por el interior de mis muslos hasta mi sexo.
- Uhmm, que putita eres, ya estás toda mojada – me susurraste al oído. Y esas palabras me excitaron aún más.
- Es que no lo puedo evitar, cielo, me pones mucho, tu contacto, tu olor, tu piel pegada a la mía – intenté girarme hacía ti, primero para besarte y luego para verte cara a cara, pero no me dejaste, sólo me permitiste darte el beso, luego me obligaste a seguir en aquella posición.
Tu mano seguía entre mis piernas, rozando, masajeando mi sexo. Tus dedos se movían sinuosamente sobre la humedad de mi sexo, mientras tus labios besaban mi hombro y ascendían despacio hasta mi cuello, haciendo que todo mi cuerpo se electrizara con aquel contacto. Empecé a suspirar excitada y de nuevo tu voz me recordó:
- Uhm, como ronronea mi putita.
Un nuevo estremecimiento y mi sexo inundando tus dedos de mi deseo. Y entonces acercaste sexo, que había permanecido pegado a mis nalgas, cada vez más duro y erecto, a mi sexo, lo restregaste por mis labios vaginales, por mi vulva húmeda hasta mi clítoris y me hiciste gemir de nuevo. Mi vulva se contrajo, palpitó de deseo y te supliqué:
- ¡Házmelo!
A lo que tú respondiste:
- ¡Házmelo tú!
Dejaste, por fin, que me diera la vuelta hacía ti, te tumbaste boca arriba y te besé mordiendo tus labios, chupándolos, mientras me colocaba sobre ti. Guié tu erecto falo hasta mi húmeda vagina y me deslicé hacía abajo, haciendo que entrar por completo en mí. Me abracaste, tus ojos fijos en los míos, tus labios a milímetros de los míos y tus manos sobre mis nalgas, apretándolas. Empecé a moverme, arriba y abajo, haciendo que tu polla entrara y saliera de mí. Maravillosa sensación la de estar unidos, pegados y sintiéndonos, el uno sobre el otro, yo sobre ti, frente a frente, tus labios comiéndome, los míos devorándote, nuestros sexo, sintiéndose, bailando en uno con el otro el ancestral baile del apareamiento. Y poco a poco, mi vagina contrayéndose, el cosquilleo previo al orgasmo, tu verga hinchándose y ambos empujando el uno contra el otro, con fuerza, para sentirnos hasta el final completamente, alcanzando un orgasmo único. Y tras ese momento, los besos, los tiernos besos de tu boca en mi cara, el abrazo compartido y el susurro de tu voz en mi oído diciendo:
- Te quiero, princesa
Y el mío repitiendo:
- Y yo a ti, mi cielo.

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